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Es difícil conseguir una definición satisfactoria de cultura. Una posible sería el conjunto de obras o realizaciones e ideas que produce, intercambia, y mantiene la élite de una sociedad que se dedica al pensamiento y a las artes. Se trata de un concepto socialmente restrictivo, que define una realidad no directamente social, pero con evidentes significados en este aspecto. Esta es la acepción más difundida y vulgar de cultura. Otra podría ser la que se emplea en antropología: el conjunto de las obras del hombre. Se trata de una definición amplia, con cierto carácter estudiadamente difuso y vago. Cada intento posee algo de verdad, y no parece difícil ponerlas en una relación de diálogo y complementariedad. Son las formas típicas de cultura a las que se refiere la primera definición las que constituyen la expresión más acabada de un modo de entender y actuar de determinado grupo humano definido en términos de espacio y tiempo. Actualmente se dan dos procesos culturales claramente emparentados entre sí. Por un lado el fenómeno de la división del trabajo y los cambios tecnológicos han convertido al bien cultural en un bien comercial, susceptible de gestión, producción masiva e intercambio. La mediación de empresas especializadas desempeña un papel clave en este proceso. Por el otro, las propias empresas se han convertido en una institución fundamental de las sociedades actuales: no es exagerado afirmar que la cultura de nuestras sociedades actuales está fuertemente condicionada por las formas empresariales de comprensión, acción y organización. Puede decirse que en la actualidad, la empresa, es a la vez, vehículo de cultura (al mediar entre el productor del bien cultural y el público) y generadora de cultura (al formar nuevas formas de interacción del hombre con el medio). De este modo, y en su carácter de formadoras de cultura, las empresas que se dedican a la gestión...
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